Algunos consideran que en su recorrido atravesó desde Tijuana, Guadalajara, Aguascalientes, hasta el estado de México (Ciudad Nezahualcoyotl). Otros piensan que ha sido resultado de la recuperación y adaptación de la herencia de la old school del grafitti neoyorquino de los setenta. Hay quienes aseguran viene de Philadelphia y otros que su origen es en Los Ángeles.
Cabe mencionar que en esta construcción histórica el sentido y el uso del graffiti ha sido distinto para quienes lo realizan: mientras en los años ochenta las pandillas de la ciudad lo utilizaron como un medio de demarcación territorial, a mediados de los noventa, permitió que muchos grupos juveniles conocieran espacios diferentes a sus barrios o colonias, lo cual permitía una movilidad en el territorio y la posibilidad de reconocimiento por alguien más que realizaba la misma actividad.
A finales de los noventa, quienes aun seguían pintando en las calles de la gran urbe se dieron a la tarea de organizar las primeras exposiciones colectivas que convocaron a decenas de escritores de graffiti de toda la ciudad. Mientras algunos otros realizaban en pequeños grupos de pintas clandestinas en vagones del metro, casas abandonadas, grandes avenidas de la ciudad, entre otros lugares. Sin embargo, en el 2000, algunos escogieron el camino al arte, las galerías, el diseño y la creación de los murales monumentales; otros siguieron con la clandestinidad, realizando tags y bombas cada vez más sofisticadas; elecciones que, en resumen, implican la construcción de una personalidad, es decir: un estilo.
Desde hace más de diez años el graffiti en la ciudad de México, su incrementada presencia en calles, transporte público, casetas Telefónicas, anuncios espectaculares, puentes peatonales, bardas, muros, han generado una serie de controversias y tensiones sociales entre jóvenes y sociedad-instituciones, donde la percepción de éstos últimos acerca de los que realizan dicha actividad es sinónimo de “violencia”, “delincuencia” o “drogadicción”, existiendo per se una constante estigmatización y rechazo social sobre la acción y sus ejecutantes.
Sin embargo, el graffiti se ha desarrollado como una actividad que permite a los jóvenes interactuar entre sí, crear vínculos sociales como la amistad o la convivencia a través de una conversación mural que se ha estructurado progresivamente a partir de distintos episodios en el tiempo histórico de la juventud en esta ciudad.
Por tanto, el Graffiti podría ser entendido eventualmente como un objeto estético que tiene por objetivo embellecer un espacio, expresar intimidades del creador, ser un objeto de venta y además un cohesionador de grupos, que lejos de unir para vandaizar un espacio, une, complementa y alienta a un séquito de jóvenes –y no tan jóvenes- ávidos por crear.





















